Con la organización nacional y un nuevo clima de garantías constitucionales, la segunda mitad del siglo XIX fue testigo de un resurgimiento de la actividad minera. Impulsada por la iniciativa privada y figuras visionarias, la minería se expandió desde sus centros tradicionales en el noroeste hacia las remotas y desconocidas tierras de la Patagonia, en una nueva fiebre, esta vez por el oro.
🏦 El Resurgir de la Iniciativa Privada
En un ambiente de mayor libertad y seguridad jurídica, el capital privado, tanto nacional como de residentes extranjeros, impulsó nuevos emprendimientos minero-metalúrgicos. Las provincias de La Rioja y Catamarca se convirtieron en los focos principales de esta reinvención. La actividad se centró en el tratamiento de oro y plata, pero sobre todo de cobre, un metal que comenzaba a adquirir una nueva dimensión comercial. Se instalaron establecimientos de fundición y beneficio que actuaron como motores de la actividad local.
ℹ️ Pioneros y Visionarios: Sarmiento y Lafone
Dos figuras destacan por su rol como impulsores de la minería en esta etapa:
- Domingo F. Sarmiento: Gran propulsor de la minería, aprovechó su experiencia como administrador de minas durante su exilio en Chile. Desde el gobierno de San Juan, impulsó la creación de la “Compañía de Minas de San Juan”. Su iniciativa personal fue tan convincente que logró el apoyo del presidente Bartolomé Mitre y del gobierno de Buenos Aires, quienes se asociaron a la compañía suscribiendo acciones, un hecho excepcional para la época.
- Samuel A. Lafone Quevedo: Este empresario de origen inglés fue una figura clave en Catamarca. Su ingenio metalúrgico de Pilciao, cerca de Andalgalá, se convirtió en el centro más importante de la provincia. Llegó a ocupar hasta 600 empleados y procesaba principalmente el mineral de la veta Restauradora en Capillitas. Lejos de ser un emprendedor aislado, fue un actor central en la transferencia tecnológica, contratando a expertos extranjeros como el metalurgista alemán Federico Shickendantz y el técnico, también alemán, Hans Heller.
🏅 La Fiebre del Oro en el Fin del Mundo: La Patagonia
La “Edad del Oro” de la Patagonia comenzó de forma fortuita. En 1885, los náufragos de un buque francés descubrieron ricos aluviones auríferos en las costas de Cabo Vírgenes, en Santa Cruz. Este hallazgo provocó una inmediata “invasión de aventureros y buscadores de oro” procedentes de Buenos Aires, Punta Arenas y otras partes del mundo, marcando el inicio de la actividad minera formal en la Patagonia austral.
Julio Popper: El Rey Solitario de Tierra del Fuego
Pocas figuras son tan singulares en la historia minera argentina como el ingeniero rumano Julio Popper. Su aventura en la remota Tierra del Fuego es digna de una novela.
Julio Popper llegó a la Patagonia atraído por la fiebre del oro pero, decepcionado por el trabajo desordenado en Cabo Vírgenes, decidió explorar la inexplorada costa atlántica de Tierra del Fuego. Allí fundó sus establecimientos, como “El Páramo“, e implementó métodos innovadores con inventos propios, como la “cosechadora de oro“, una máquina que optimizaba el lavado de las arenas con bajo consumo de agua. Defendió ferozmente sus concesiones de otros buscadores, a quienes calificaba de “piratas extranjeros“, en un ambiente hostil que evocaba el lejano oeste americano. Más que un simple minero, Popper fue un promotor de grandes iniciativas, proponiendo la creación de pueblos, caminos, faros y hasta una red telegráfica para desarrollar la inhóspita región.

📄 Un Código para una Minería Artesanal
En 1887, en medio de este resurgir minero, se sancionó el Código de Minería de la Nación. Sin embargo, la nueva legislación recibió críticas de expertos como el ingeniero Germán Avé Lallemant. Él argumentaba que el código estaba diseñado para la “minería del pirquén“, es decir, un laboreo artesanal, superficial y de pequeña escala. La consecuencia de esta miopía legislativa fue la creación de un marco legal mal adaptado para los proyectos de gran escala y capital intensivo que el capitalismo moderno demandaba, obstaculizando así el desarrollo de una minería industrial por décadas.
Esta etapa de iniciativa privada y expansión de fronteras llegaría a su fin con el cambio de siglo. La industrialización global y las guerras mundiales pronto exigirían una nueva escala de producción y un rol mucho más protagónico del Estado.
